Trayectorias
para Maruca (ni hablar)
En ocasiones, uno se ve en la necesidad de aprender con la seguridad total de que esos nuevos aprendizajes nunca más le serán útiles en la vida. Yo estoy justo en un proceso en el que tengo que aprender a manejar una serie de conceptos y métodos que nunca más volveré a utilizar. La culpa –sesgada, pero culpa al fin- es de mi amiga Maruca. La Maruca trabajaba en mi oficina y un buen día emigró par convertirse en la gerente de exportaciones de una transnacional. Como la buena mujer era subdirectora, dejó todo un departamento descabezado y a mi me tocó hacerla de cabecilla del grupo. La verdad es que gran parte de su trabajo tiene que ver con la estadística y como yo reprobé matemáticas desde que me acuerdo, no llego ni a cabecita jíbara en este asunto. El trabajo de la Maruca consistía en hacer las trayectorias escolares de todos los alumnos de la UNAM. Esto que suena tan sencillito es una verdadera locura; se trata –hasta donde entiendo y entiendo poco- de registrar la vida académica de cada estudiante que la Universidad acepta. Es decir, saber cuándo ingresa, cuántos créditos acumula al término de cada semestre y si –milagrosamente- egresa. Si estos estudios se hicieran en una escuela de monjas serían facilísimos (niño ingresa, niño aprueba, niño egresa y si no aprueba, se larga); sin embargo en la UNAM la historia es muy diferente.Las variables que se ponen en juego son verdaderamente infinitas. Ahí les van algunos casos de los comunes (por que los extraordinarios son material para un volumen de psicopatología). El mocoso preparatoriano ingresa a la carrera de ingeniería metalúrgica –porque piden menos puntos en el examen y no está saturada y, quizá, un día encuentre oro- y comienza su vida universitaria. Al final del primer semestre, cuando es obvio que no va a aprobar ninguna materia, decide que lo suyo, lo suyo es la veterinaria (porque cuando tenía cinco años tuvo un perro al que quiso mucho). Y vengan los trámites para cambiarse de carrera. Que el mocoso haga lo que quiera con su vida me da lo mismo, pero que nosotros –los pobres peones universitarios- tengamos que rastrear sus andanzas en las bases de datos, eso sí que no es justo. Otro caso, el futuro politólogo que se inscribe lleno de ilusión a Ciencias políticas porque le gusta ver las noticias de López Dóriga y la única ocasión que le tocaron elecciones dio un voto razonado. Total que el pobre chico piensa que todo va a ser coser y grillar; y a la primera de cambios lo truenan en cuatro materias básicas. Y ahí vienen las decisiones: seguir intentando comprender la teoría política y las bases del derecho mexicano, buscarse una chamba en un Mc Donalds o, de plano, darse a la perdición en las Islas. El asunto es que su expediente se comienza a trastornar: inscribe 18 materias optativas, reprueba todas las obligatorias, se intenta pasar la seriación por salva-sea-la-parte, manda todo el plan de estudios a extraordinario o decide especializarse en primer semestre. Y ahí están los pobres peones universitarios intentando comprender qué demonios hizo. Sin embargo, no he de negar que los estudios de trayectorias escolares tienen su gracia. Arrojan unos resultados divinos (de los cuales no puedo hablar porque son estrictamente confidenciales) que son terreno fértil para la imaginación. Tomemos como ejemplo el “abandono”; este nombre tan poético describe a los sujetos que una vez transcurrido el tiempo determinado por su plan de estudios han acumulado un maravilloso total de cero créditos. Si fueran uno o dos estudiantes por carrera quienes optaran por el abandono, la explicación lógica sería que murieron al término del primer semestre. Sin embargo, hay cientos de estos especimenes y como la tasa de mortalidad juvenil no es tan alta, resulta preciso recurrir a otras explicaciones. Se me han ocurrido algunas: el Tec les ofreció becas-crédito-su-alma-por-un-título-de-LAE y los jóvenes decidieron emigrar hacia las más plácidas tierras de Xochimilco; hay un programa secreto de reclutamiento de braceros con bachillerato concluido; cada año se registra una abducción alienígena masiva en CU; o quizá –y esta me parece más plausible- muchos jóvenes se percatan rápidamente de que tener un título universitario en este país no es ninguna garantía de supervivencia y deciden inaugurar su puesto de chinerías, instalar su anafre quesadillero o, si tienen suerte, falsificarle las placas a su taxi pirata.
