lunes, enero 24, 2005

La del Valle

Nunca he vivido en la colonia del Valle, aunque confieso que trabajé ahí durante más de seis años. Desde entonces me quedó una curiosidad morbosa por todo lo que acontece dentro de sus límites. Podría parecer que semejante interés es sólo fruto del ocio, sin embargo la famosa colonia tiene algunas características que la hacen un verdadero objeto de estudio. Por ejemplo, un estudio mundial reportó que esta zona ofrece una calidad de vida semejante a la de Estocolmo o Copenhague y el INEGI señala que el promedio de años de estudio de sus habitantes es el más alto del país. Lo curioso del asunto es que esto no es fruto de algún ambicioso proyecto urbanístico al estilo de Curitiba sino una mera consecuencia de las hordas yuppies que se ha instalado en sus calles. Resulta que la colonia del Valle se fundó en 1908, bajo el ala protectora del porfiriato. Desde entonces era yuppie, pues el ayuntamiento sólo extendió permisos para edificar villas campestres. Conforme avanzó el siglo, la gente bonita empacó sus arañas y vajillas y se mudó a los cerros. La colonia se volvió entonces asiento de la clase media: desde los papás de las niñas del Colegio Miguel Ángel hasta los burócratas que consiguieron un departamentito en un multifamiliar. En la década de los noventa, la colonia volvió a cambiar de perfil. La población envejeció y, como era de esperarse, murió. Las grandes casas de las calles arboladas se fueron quedando vacías. Tuve un grupo de alumnos que solía reunirse en una casa abandonada; habían encontrado la manera de entrar sin que nadie los viera. Contaban que adentro el tiempo parecía suspendido. Había platos sucios en el fregadero, la cama estaba deshecha, una bata de franela parecía un espectro junto a la regadera y sobre el buró, una dentadura flotaba en agua limosa. Hacía meses que el dueño había muerto. Un tarde ya no pudieron entrar; los albañiles vaciaban la casa, mientras la maquinaria pesada esperaba la señal para la demolición. La historia se repite en cada cuadra. La colonia se llena de edificios de departamentos que imitan, generalmente sin mucho éxito, al Berlín de después del muro. Justo ahí es en donde entran a la historia de la colonia los nuevos delvallenses y son ellos, justamente, los que me apasionan.Los nuevos delvallenses son profesionistas, estudiaron merca, negocios o leyes en alguna universidad privada. Tienen un buen sueldo que les permite pagar todos los créditos que piden. Son tan especiales que no compran un departamento sino un loft (que resulta ser un eufemismo para hablar de 60 metros de construcción), eso sí con roof garden (el moderno y gris destino de la legendaria azotea). Las mujeres trabajan hasta que tienen a su primer bebé; entonces armadas de una camioneta dedican toda la mañana a estacionarse en doble fila frente a los bancos, las tintorerías y los salones de belleza (aunque debería decir estética o, mejor aun, hair and beauty). Mientras tanto, los hombres siguen sus vertiginosas carreras en sus despachos de Polanco y Santa Fe; cada aumento de sueldo les abre la preciada posibilidad de endeudarse más. Son parejas felices. Cada mañana, desayunan cereal con leche light y, de vez en cuando, se permiten una dona de Krispy Kream. Por las tardes, compran capuccinos en el drive-in de Starbucks. Los fines de semana comen sushi o bifes y ejercen sus créditos en los malls. Les gusta ejercitarse porque saben los importante que es la imagen personal para triunfar en la vida y, desde luego, lo hacen a su estilo; no corren ni caminan ni andan en bici, sino que hacen jogging, trekking o spinning. Son verdaderamente cultos pues van al cine por lo menos una vez a la semana y ya leyeron El código Da Vinci (y conste que sí le entendieron). Son muy sociables, cada fin tienen miles de compromisos: bautizos, primeras comuniones, bodas, cenas en restaurantes y las reuniones de amigos que se congregan alrededor de una botella de tequila. Se visten muy bien (ni parece que lucharon a brazo partido en las rebajas de Zara) y huelen siempre a perfume (un día me confiaron que el secreto es perfumar la ropa antes de ponértela). Sin embargo, los nuevos delvallenses también tienen su lado oscuro; aunque, al parecer, hasta ahora sólo lo saben los dueños de los muchos moteles que misteriosamente florecen en los linderos del paraíso.

3 Comments:

Blogger Gilmar Ayala Meneses said...

Yo solía ser un niño burgués de la Del Valle. Pero, todo cambió. Yo soy de aquellos que emigramos a los cerros a respirar un aire mucho más coqueto y buscar la tranquilidad vial de nuestras colonias. Reveladoramente sensual y de risa loca tu texto, Jules. Lo he disfrutado bastante.

25 de enero de 2005 a las 11:03 a.m.  
Anonymous Anónimo said...

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3 de septiembre de 2008 a las 3:05 a.m.  
Anonymous Anónimo said...

Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.

3 de septiembre de 2008 a las 3:12 a.m.  

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