miércoles, mayo 18, 2005

Poco sexo y muchas nueces

Desde hace algunos años me ha llamado la atención el boom de la alta cocina que se ha dado en México. Todo empezó una tarde en que Rafa y yo decidimos comer en un famoso restaurante parisino. Resulta que estábamos en Europa y, por algún milagro, teníamos un par de cheques de viajero que misteriosamente habían sobrevivido hasta el final del viaje. Ni hablar, debíamos comérnoslos porque la dieta de baguettes, paninis, bocatas y pastries nos tenía bastante asqueados. Nuestra primera opción fue el famosísimo Tour d´argent (constelación Michelin, centurias de tradición, clientela selecta, bla, bla, bla); por supuesto, no pudimos entrar. El portero vestía más elegante que nuestra familia entera en las bodas. Nuestra siguiente elección fue una mezcla de esnobismo y presupuesto: Au pie du Couchon. El famoso comedero parisino contaba con distintos atractivos: es el primer restaurante del mundo de 24 horas –extraño honor que supongo comparte con el Súper 7 y el Denny´s- , prepara la mejor sopa de cebolla del mundo, tiene una rancia tradición –que se expresa en desgastados terciopelos rojos- y, por si fuera poco, sus dueños acababan de anunciar la apertura de su primera y única sucursal, ¡sorpresa!, en México. Nos sentíamos divinos, el plan era comer ahí y cuando nuestros pobres amigos chilangos se vanagloriaran de sus cenas en la sucursal, nosotros negaríamos con la cabeza, frunciríamos los labios y diríamos que no tenía nada que ver con la “experiencia parisina”. Éramos jóvenes y profundamente estúpidos. La experiencia fue una caos, como no le entendimos un carajo a la carta y el mesero era insoportable, acabamos comiendo un pescado medio crudo en una terrible salsa de jengibre que casi escaldaba la lengua. Lo único valioso del asunto es que desde entonces comencé a rastrear esa locura por la haute cuisine que le ha dado a los mexicanos de las Lomas y Polanco.

En pocos meses, el boom gourmet se extendió por la ciudad. Las tiendas especializadas aparecieron como hongos –eso sí, shitake- en temporada de lluvias, llegó Le Cirque con toda su parafernalia, se inauguró The palm en donde un filete cuesta igual que un ternero completo en un rastro clandestino, las discotecas se abandonaron por las vinotecas, el tequila se volvió delicatessen, los preparatorianos abandonaban la abogacía por el mandilito de chef. ¿Qué diablos estaba sucediendo?

Mi teoría era que el súbito gusto por la alta cocina era un reflejo de la bonanza económica que la clase alta estaba experimentando –no en balde un mexicano es el quinto hombre más rico del mundo-. Lo mismo piensa Anthony Bourdain. El señor Bourdain es un chef neoyorkino bastante peculiar: cree que los mejores chefs franceses son de Tlalpanalá, Puebla y se ha dedicado a buscar “la comida perfecta” alrededor del mundo, seguido por dos camarógrafos de la New York Times Televison, además la da por la literatura y ha publicado un libro sobre ése, su tan extraordinario viaje. En esas páginas habla de la “fiebre del oro de la alimentación” que han sufrido los mexicanos. Según dice la fiebre ha hecho sus mayores estragos en dos países: Inglaterra y Australia, en donde se ha dado una “psicosis de masas resultado de la prosperidad urbana” que ha hecho que todo mundo esté loco por los chefs, los restaurantes y la cocina. Así que coincido con Bourdain, el origen de la fiebre son las obesas cuentas bancarias en las grandes ciudades del mundo.

Sin embargo, leer a este autor me ha hecho pensar en una teoría alterna y mucho, mucho más jugosa. En su viaje, Bourdain probó una serie de alimentos que los nativos recomendaban por sus propiedades “vigorizantes”; desde luego, no eran espinacas –aunque Popeye usara el mismo pretexto- sino toda clase de animales extraños y preparaciones asquerosas que prometen el vigor sexual de un adolescente (ja!). El pobre hombre tuvo que comer sopa de moco de pájaro –se hierven los nidos para obtener las secrecciones de los bichos- e intentar deglutir en un zoológico-restaurante-motel en donde los comensales eligen a sus víctimas (de mesa y de cama) para comenzar a pensar que el hombre está demasiado preocupado por su pene.

Y no será que en México nos pasa lo mismo, acaso no nos faltará sexo de buena calidad y por eso invertimos tanto en exquisiteces culinarias. Creo que estos más inofensivos placeres –el abuso se resuelve con Pepto Bismol- permiten a los pobres chilangos experimentar sensorialmente mucho de lo que les está vedado en la cama. La teoría resulta coherente. Los estudios dicen que los hombres (y, por supuesto, las mujeres, sólo que no quería sonar como la señora Marthita) de alto nivel económico y educativo tienen poco sexo, qué mejor manera de suplirlo que hundiéndose hasta las orejas en los placeres de la mesa. Con esta teoría resulta familiar explicar una imagen que he visto más de una vez en esta caótica ciudad: el yuppie que se arremanga con todo y mancuernillas Bulgari, para hincarle el diente a una patita de cerdo y mientras se relame y hurga con el morro entre los cartílagos, no se acuerda del asco que sentía cuando, en casa de su mami, las sirvientas y el jardinero celebraban el sábado con unas tostaditas de pata y chiles encurtidos.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Es una pena que no existan más comentarios por aquí; U-jules, ¡necesitas ampliar tu comunicación! Anúnciate.
Qué quieres: prensa, revista, cartelera. Radio es buena opción. Además, eres pudiente, no vives en 'la del Valle' por que crees que así te has liberado de ella, jajaja -ñññeeeee, erro-or- está en tu naturaleza, en tu código genético... ¡está en tu Curp!

Contrata tele, o cine... un teaser audiovisual con una serie de viñetas de acción y drama, y música electrónica mezclada con el Carmina Burana, que termine con:

www.whatstheujules.com
(ya sabes, con humo y todo eso)

O sencillamente sigue escribiendo... que te seguiré leyendo -si de algo sirve-.

Armaremos tu club de fans. Solución. Fin. Adiós.

1 de junio de 2005 a las 7:32 p.m.  
Blogger Grajeda said...

ya llevamos años sin saber nada...

actualizalo por amor de dios!!!!


todos te esperamos con ansias

5 de agosto de 2005 a las 2:04 a.m.  

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