El obeso genio humano
Ahora resulta que todos tenemos que bajar de peso; que por el índice de masa corporal, las arterias, las articulaciones, las vértebras, el verano que se acerca con sus promesas de playas y bikinis. Las estrategias para lograrlo son innumerables: dietas monotemáticas (comer proteinas a destajo, nutrirse de toronjas y queso panela, eliminar todo vestigio de carbohidratos), sesiones agotadoras de pedalear en una bici que no va a ningún lado, operaciones matemáticas complicadísimas para obtener el número de calorías que debemos deglutir, suplementos alimenticios con aminoácidos impronunciables, medicamentos patentados que han requerido más investigación que la dedicada a las enfermedades endémicas de los países más pobres. En fin, que hemos puesto toda la ciencia al servicio de la esbeltez. Aquí viene, como siempre, lo que un hombre muy sabio llama “la gran parajoda”.
Resulta que durante siglos la humanidad se dedicó a buscar remedios infalibles contra la hambruna. Hacer aquí un recuento de esta lucha contra el hambre resultaría no sólo imposible sino también terriblemente aburrido para los contados lectores de este blog; sin embargo, como el asunto me apasiona quiero poner un simple, redondo y suave ejemplo: la papa. Cuando este tubérculo americano se introdujo en Europa, a finales del siglo XVI, resultó una magnífica solución para nutrir a los voraces europeos acostumbrados a pasar gélidos inviernos comiendo carne dura en salazón y mendrugos poco apetecibles. En Francia, fue Parmentier -agrónomo, farmacéutico, pero sobre todo, soberbio cocinero- quien alabó las virtudes de la papa y popularizó su cultivo. Fue tal la campaña que emprendió que Luis XVI llevaba una flor de papa en el ojal y su mujer ponía una entre sus cabellos (quizá sea éste el origen de la mercadotecnia hollywodense). Finalmente, la papa triunfó en Europa; era el nuevo pan de los pobres. Miles de recetas se probaron para hacer sopas, panes, potajes, guarniciones, purés y hasta licores del bienamado tubérculo. El consumo de papa era tal que cuando un hongo atacó los cultivos irlandeses a finales del siglo XVII, con sus trebolitos verdes y sus botellitas de whiskey de papa más de medio millón de irlandeses pasaron a mejor vida y otros tantos optaron por emigrar a Estados Unidos (incluidos los Kennedy, que ya desde entonces eran una sarta de campesinos). El amor por la pomme de terre era inconmensurable. Sin embargo, hoy huimos de la papa aterrorizados; nadie se come sin culpa una generosa porción de puré, una quesadilla de papa con chorizo y, menos aún, un buen plato de papas fritas. La campaña de Pamentier ha fracasado.
La cuestión es que desde hace siglos la humanidad ha buscado alimentos fáciles de conseguir, apetecibles, llenos de calorías, ricos en hidratos de carbono. Agenciarse mil calorías diarias en el siglo XVII era un verdadero lujo. Pero, el genio humano trabajó arduamente en solucionar este problema: se inventó la harina refinada (más calorías, menos fibra; un éxito, desde luego), se ideó la cría de ganado (y su engorda química), se diseñaron conservadores artificiales (desde la refrigeración hasta las latas y los sulfatos). En fin, que el mundo se preparó para una hambruna bestial a la cual le ganamos la guerra de antemano.
El problema es que se nos pasó la mano. Creamos súper alimentos y celebramos nuestro talento comiendo hasta el hartazgo. Y ahora con nuestro rollitos de grasa alrededor de la cintura pretendemos hacer dietas. Las famosas mil calorías son ya un chiste: un gansito y un vaso de leche, dos rebanadas de pizza meat lovers o medio Mc Trío. Si a eso le sumamos que para conseguir un plato de papas había que levantarse al alba y roturar la tierra congelada durante horas, mientras que para hacerse de una Big Mac basta con asomar la cabeza desde el coche y gritarle la orden a un altavoz, nuestra gordura no requiere mucha más explicación.
Y ahora andamos por la vida pagando a precio de oro un manojo de espinacas orgánicas, trotando –sudorosos y hartos- sobre una banda sinfín, soñando con galletas de chispas de chocolate y deambulando, con la mirada perdida, entre los tentadores estantes del supermercado del genio humano.
Resulta que durante siglos la humanidad se dedicó a buscar remedios infalibles contra la hambruna. Hacer aquí un recuento de esta lucha contra el hambre resultaría no sólo imposible sino también terriblemente aburrido para los contados lectores de este blog; sin embargo, como el asunto me apasiona quiero poner un simple, redondo y suave ejemplo: la papa. Cuando este tubérculo americano se introdujo en Europa, a finales del siglo XVI, resultó una magnífica solución para nutrir a los voraces europeos acostumbrados a pasar gélidos inviernos comiendo carne dura en salazón y mendrugos poco apetecibles. En Francia, fue Parmentier -agrónomo, farmacéutico, pero sobre todo, soberbio cocinero- quien alabó las virtudes de la papa y popularizó su cultivo. Fue tal la campaña que emprendió que Luis XVI llevaba una flor de papa en el ojal y su mujer ponía una entre sus cabellos (quizá sea éste el origen de la mercadotecnia hollywodense). Finalmente, la papa triunfó en Europa; era el nuevo pan de los pobres. Miles de recetas se probaron para hacer sopas, panes, potajes, guarniciones, purés y hasta licores del bienamado tubérculo. El consumo de papa era tal que cuando un hongo atacó los cultivos irlandeses a finales del siglo XVII, con sus trebolitos verdes y sus botellitas de whiskey de papa más de medio millón de irlandeses pasaron a mejor vida y otros tantos optaron por emigrar a Estados Unidos (incluidos los Kennedy, que ya desde entonces eran una sarta de campesinos). El amor por la pomme de terre era inconmensurable. Sin embargo, hoy huimos de la papa aterrorizados; nadie se come sin culpa una generosa porción de puré, una quesadilla de papa con chorizo y, menos aún, un buen plato de papas fritas. La campaña de Pamentier ha fracasado.
La cuestión es que desde hace siglos la humanidad ha buscado alimentos fáciles de conseguir, apetecibles, llenos de calorías, ricos en hidratos de carbono. Agenciarse mil calorías diarias en el siglo XVII era un verdadero lujo. Pero, el genio humano trabajó arduamente en solucionar este problema: se inventó la harina refinada (más calorías, menos fibra; un éxito, desde luego), se ideó la cría de ganado (y su engorda química), se diseñaron conservadores artificiales (desde la refrigeración hasta las latas y los sulfatos). En fin, que el mundo se preparó para una hambruna bestial a la cual le ganamos la guerra de antemano.
El problema es que se nos pasó la mano. Creamos súper alimentos y celebramos nuestro talento comiendo hasta el hartazgo. Y ahora con nuestro rollitos de grasa alrededor de la cintura pretendemos hacer dietas. Las famosas mil calorías son ya un chiste: un gansito y un vaso de leche, dos rebanadas de pizza meat lovers o medio Mc Trío. Si a eso le sumamos que para conseguir un plato de papas había que levantarse al alba y roturar la tierra congelada durante horas, mientras que para hacerse de una Big Mac basta con asomar la cabeza desde el coche y gritarle la orden a un altavoz, nuestra gordura no requiere mucha más explicación.
Y ahora andamos por la vida pagando a precio de oro un manojo de espinacas orgánicas, trotando –sudorosos y hartos- sobre una banda sinfín, soñando con galletas de chispas de chocolate y deambulando, con la mirada perdida, entre los tentadores estantes del supermercado del genio humano.

3 Comments:
ya somos dos...
Qué paisajes posmodernos los que pintas desde tu rojita oficina. ¡tanto te gustan!
Por hambre es que se tiene mondongo de tragón y por deseo es el abdomen de hombre con dinero.
Mujeres rellenitas en los tiempos de hombres cretenses guerrilleros, hombres de esféricas antrañas en tiempos de hermosísimas mujeres tan 'livianas'
arquetipos del momento en que vivimos.
Guerras con un Gym, mitos al reverso de una caja de cereales, y ¡con pasas!, cubas light, pulques en bolsitas con popote, grandes son las fiestas ¡con más gloriosas papas!, grandes el sudor y penitencia. Muere Rigo, el de cola de pescado, muere el papa, donde casi como al cid, ¡al 'papainmóvil' se le ata!
Deseo trocamos en Hambre de este ocio que nos mata. Caníbales de un 'algo' que siempre hará falta.
Eso es cierto con el ocio, eso es cierto con las papas; por que hablando de virtudes, pues este blog ya no alcanzara.
(Aunque no lo pareciera; te leemos, compañera, pequeña, pequeñita, y nos diviertes en el alma).
Lo que dices es tan cierto...
Tengo un amigo que lo personifica totalmente...
Te recomienda el mejor platillo del Cambalache y de los Almendros...
pero citandolo...
-Yo no voy a esos tacos(los que estan afuera del office depot en Av. Universidad) están muy caros...
Mejor voy a los que estan afuera del Metro Chabacano... ya sabes, los de guisado. Con 10 pesos me como 4 y quedo satisfecho...
Asi es... El obeso genio humano...
Publicar un comentario
<< Home