De clase mundial
El último trabajo que me asignaron es verdaderamente hilarante. En mi trabajo, suelo estudiar asuntos de risa loca, como el pensamiento crítico que los alumnos desarrollan a través de cursos elaborados por limítrofes. Sin embargo, este último encargo se lleva las palmas. Resulta que hace algunos meses se publicó un “ranking” académico de las universidades del mundo. La idea en sí ya es bastante absurda; pero los sinsentidos siguen. El dichoso estudio causó tal revuelo que la crema y nata de la universidad quiere saber cómo la UNAM se metió en la lista. Mi labor consistió en desentrañar el misterio.
El asunto está así. Si resulta que uno es rector de alguna prestigiosa institución y quiere colarla al “ranking” mundial tiene que contar con varios elementos. Primero, debe tener en su haber a dos o tres premios Nobel que hayan pasado por las aulas en calidad de alumnos o de profesores. La cosa está difícil, primero porque los shangaitas que hicieron el estudio no consideran que el premio de la Paz ni el de Literatura cuenten; quizá tienen razón, a quién carajos le puede importar si Rigoberta Menchú acabó la primaria o si la formación académica de la Madre Teresa de Calcuta fue más allá del catecismo; además la universidad no tienen nada que ver con asuntos tan intrascendentes como esos (aunque Edgar Morin se la pase diciendo lo contrario). Segundo porque sólo se han entregado 550 premios y hay que luchar contra Harvard, Yale, Berkeley y sus presupuestos que superan a los de varias naciones africanas. La UNAM tiene un premio Nobel válido, el de química de Mario Molina.
Si uno salva este escollo, puede pasar al siguiente criterio. Hay que conseguir algunos investigadores “highly citated”, es decir seres capaces de producir artículos “best sellers” que traten sobre temas que estén tan de moda que todo mundo los cite o que digan cosas tan banales que los extractos se puedan utilizar (indistintamente, por supuesto) en un estudio de zoología o de historia Si se consigue uno, hay que tratarlo muy bien: darle una secretaria que registre sus tarugadas, un laboratorio con máquina de capuchino, unas estudiantes lambisconas y sexys y unos cuantos gatos que le rindan pleitesía. La UNAM sólo tiene un HiCi.
Cumplir con el siguiente punto está un poquito más complicado. Si uno consigue el maldito autor multicitado, debe además formar una tribu de dóciles investigadores que escriban únicamente para las revistas que uno le indique (los shangaitas sólo observan Science y Nature). Claro que para lograr este cometido se debe contar con un programa de Fomento a la Publicación Dirigida que debe incluir clases de inglés, redacción periodística, negociación y un curso de autocontrol de las emociones negativas para aguantar el juicio sumario que implica publicar en semejantes mamotretos. La UNAM sólo tiene 8 artículos publicados en estas revistas.
Una vez que uno ha logrado cubrir todos estos requerimientos, toma el puntaje que logró reunir y lo divide entre el total de personal académico de tiempo completo. ¡Ja! La UNAM está empatada con más de 100 universidades (en el lugar 153) entre las que se cuentan la de Manoa en Hawaii (que enseña danzas polinesias), la de Taiwan (por supuesto made in), la de Notre Dame (que siempre sale en la películas de yuppies cultos) y la de Sao Paulo (en donde seguro asaltan).
Ahora bien, si uno siendo el rector de tan prestigiosa institución decide no alterarse por los “rankings”, entonces puede tener tiempo para indagar porque los alumnos de primer semestre no saben leer o para descubrir los secretos motivos que llevan a un elevado porcentaje de la matrícula a permanecer borracho diez semestres o hasta que el artículo 19 nos alcance.
El asunto está así. Si resulta que uno es rector de alguna prestigiosa institución y quiere colarla al “ranking” mundial tiene que contar con varios elementos. Primero, debe tener en su haber a dos o tres premios Nobel que hayan pasado por las aulas en calidad de alumnos o de profesores. La cosa está difícil, primero porque los shangaitas que hicieron el estudio no consideran que el premio de la Paz ni el de Literatura cuenten; quizá tienen razón, a quién carajos le puede importar si Rigoberta Menchú acabó la primaria o si la formación académica de la Madre Teresa de Calcuta fue más allá del catecismo; además la universidad no tienen nada que ver con asuntos tan intrascendentes como esos (aunque Edgar Morin se la pase diciendo lo contrario). Segundo porque sólo se han entregado 550 premios y hay que luchar contra Harvard, Yale, Berkeley y sus presupuestos que superan a los de varias naciones africanas. La UNAM tiene un premio Nobel válido, el de química de Mario Molina.
Si uno salva este escollo, puede pasar al siguiente criterio. Hay que conseguir algunos investigadores “highly citated”, es decir seres capaces de producir artículos “best sellers” que traten sobre temas que estén tan de moda que todo mundo los cite o que digan cosas tan banales que los extractos se puedan utilizar (indistintamente, por supuesto) en un estudio de zoología o de historia Si se consigue uno, hay que tratarlo muy bien: darle una secretaria que registre sus tarugadas, un laboratorio con máquina de capuchino, unas estudiantes lambisconas y sexys y unos cuantos gatos que le rindan pleitesía. La UNAM sólo tiene un HiCi.
Cumplir con el siguiente punto está un poquito más complicado. Si uno consigue el maldito autor multicitado, debe además formar una tribu de dóciles investigadores que escriban únicamente para las revistas que uno le indique (los shangaitas sólo observan Science y Nature). Claro que para lograr este cometido se debe contar con un programa de Fomento a la Publicación Dirigida que debe incluir clases de inglés, redacción periodística, negociación y un curso de autocontrol de las emociones negativas para aguantar el juicio sumario que implica publicar en semejantes mamotretos. La UNAM sólo tiene 8 artículos publicados en estas revistas.
Una vez que uno ha logrado cubrir todos estos requerimientos, toma el puntaje que logró reunir y lo divide entre el total de personal académico de tiempo completo. ¡Ja! La UNAM está empatada con más de 100 universidades (en el lugar 153) entre las que se cuentan la de Manoa en Hawaii (que enseña danzas polinesias), la de Taiwan (por supuesto made in), la de Notre Dame (que siempre sale en la películas de yuppies cultos) y la de Sao Paulo (en donde seguro asaltan).
Ahora bien, si uno siendo el rector de tan prestigiosa institución decide no alterarse por los “rankings”, entonces puede tener tiempo para indagar porque los alumnos de primer semestre no saben leer o para descubrir los secretos motivos que llevan a un elevado porcentaje de la matrícula a permanecer borracho diez semestres o hasta que el artículo 19 nos alcance.

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