lunes, febrero 14, 2005

Puro amor

Resulta que hoy es 14 de febrero y la red entera se ha poblado de corazoncitos. Google tiene un montón de rosas con ridículos lazos blancos montado sobre el logotipo; el iconito de messenger está vestido ¡por Dios! de Cupido; todo blogger habla de las mieles del amor y las delicias de la amistad. Aunque detesto todas las festividades que sirven para decorar aparadores y tengo un especial encono con San Valentín; he decidido unirme a este movimiento amelcochador de la red. Sin embargo, prefiero dejar las elucubraciones románticas a plumas más dispuestas y concentrarme en asuntos más terrenales. Resulta que el amor es una cosa esplendorosa que, afortunadamente, conduce (cuando la salud mental lo permite) al sexo. Y hablar de sexo es algo que, desde luego, me divierte más.

Para enterarme bien del asunto, me he dedicado a revisar la famosísima encuesta Durex: Sex Global Survey 2004. El estudio, un poco sesgado pues sólo lo responden cibernautas, se hizo sobre una población de 350,000 personas distribuidas en 41 países. Los resultados muestran datos curiosos: los islandeses pierden la virginidad antes que el resto de sus coterráneos, quizá porque el frío ártico no les deja ninguna escapatoria posible; los franceses, aunque parezca un cliché, son quienes tienen sexo con más frecuencia (137 veces al año), mientras que los japoneses no alcanzan ni los 50 encuentros al año (¡Sigan trabajando, señores! ¡Inunden los mercados tecnológicos! Total, nosotros tenemos cosas más importantes que hacer); los chinos son los más promiscuos (un promedio de 19 parejas), aunque no debería importarnos, finalmente es más fácil encontrar pareja en aquellas superpobladas tierras que en los desiertos parajes noruegos o en los pueblos de braceros del campo mexicano.

Sin embargo, lo más interesante de la encuesta tiene que ver con las mujeres. Resulta que las damas reciben educación sexual a edad más temprana que los hombres. Hecho bastante explicable: las hormonas, los cambios de una “mujercita”, bla, bla, bla. Pero resulta que las mujeres también tienen sexo con más frecuencia: 106 veces al año, mientras que los hombres sólo alcanzan un promedio de 101. Todo comienza a tornarse extraño. ¿No que no? Respecto al número de parejas sexuales resulta que los hombres dicen haber tenido un promedio de 12 amantes y las mujeres confiesan un tímido 7. Aquí ya todo se voltea de cabeza; ¿cómo carajos le hacen las mujeres para tener más sexo con menos parejas y, misterio matemático, sin alterar el promedio de frecuencia de los hombres? Posibles soluciones que se me ocurren. Uno, la mujer elige un hombre, lo amarra a la cama y abusa de él hasta que se harta, por consiguiente lo desamarra y lo echa a la calle, entonces el pobre diablo queda tan dañado que se retira a un monasterio y hacer caer, dramáticamente, el promedio masculino. Dos, las señoritas no saben contar. Tres, las damas no tienen memoria. Cuatro, mienten. La cuestión es más espeluznante cuando se observa el número de orgasmos: sólo el 45% de los hombres consiguen uno cada vez que tienen sexo, entre las mujeres el porcentaje cae al 17%. Ahora sí, esto es el infierno. las mujeres tiene mucho sexo, con pocas personas y sin orgasmos. De verdad que la ecuación no me cuadra. ¿Quién quiere tener mucho sexo con el mismo idiota y sin sentir nada? Pregunta retórica, sin embargo más de un par de nombres se me vinieron a la mente.

jueves, febrero 10, 2005

Ojos que no ven...

Cada noche, después de una inhumana jornada de trabajo universitario, voy al gimnasio. Me ha dado una especie de adicción al ejercicio: hago pilates, me subo a la bici, tomo clases de jazz, juego squash, levanto pesas, escalo muros y tomo largos baños de vapor. Además de entrenarme, me estoy aculturizando; y es que los gimnasios modernos tienen su propia culturita. Por ejemplo, cuando era una vil advenediza creía que debía fortalecer mi panza, ahora sé que lo correcto es fortalecer el core. Confundía el step, con el deck y, pero aún, con el core trainer; creía, ingenuamente, que todos eran “escaloncitos para ejercicio”. Por fortuna, poco a poco mi sentido de pertenencia ha crecido y día a día soy una mejor “sportcitizen”. No vaya a creer usted, querido lector, que este proceso es simple, pues en realidad implica una profunda comprensión de la vida gimnástica.

Me tomó poco tiempo comprender el código de vestir que los sportcitizens respetan a pie juntillas: ropa de marca y tenis novedosísimos. Aunque hubo algunos puntos que me fue un poco más difícil desentrañar. Por ejemplo, está muy bien visto usar las camisetas que obsequian cuando uno se inscribe a una carrera; pero, desde luego, no se vale usar las que te regalan cuando pintas tu casa (con un encantador y azulino logo de Comex), haces un pedido gigante de pizzas o te ganas una rifa de pinol en el súper. Si uno es muy atrevido, puede intentar ponerse alguna camiseta de una fundación de beneficencia o, quizá, de Greenpeace. Las joyas están prohibidas; salvo que uno se ponga el brazalete de Lance Armstrong (eso sí el original de Nike y no una copia chafa de las que ya venden en el metro). Otro punto importante es perfumarse en abundancia antes de hacer ejercicio; el sudor es un trofeo al esfuerzo físico y se ostenta con gusto, pero el olor –por supuesto- queda descartado.

Si bien he llegado a comprender estas reglas de urbanidad, me quedan aún algunas por desentrañar. Lo interesante del asunto es que las más complejas y secretas están –como suele suceder- vinculadas con el sexo. Por ejemplo, los hombres pueden usar pantalones cortos; las mujeres, no. Supongo que las extremidades inferiores masculinas no provocan malos pensamientos por más bien torneadas que estén. Nadie muestra el vientre ni arroja la camiseta en medio de un sofocón en el spinning. En los salones de clase, existe un convenio secreto para guardar las distancias; cada sportcitizen viaja dentro de su infranqueable burbuja personal. Sin embargo, la regla más compleja y, por consiguiente, más interesante tiene que ver con la mirada. No se vale fijar la vista en otra persona: nada de verle el trasero a la chica que se contonea en la elíptica frente a ti o exorbitar los ojos frente a las contorsiones del maestro de pilates. Es más, ver a alguien a los ojos es casi pecado mortal. Semejante regla tácita provoca algunas de las situaciones más curiosas que he visto en el campo de la comunicación humana: elevadores llenos de zombies en pants, una larga fila de ciclistas con los ojos perdidos en una lejana pantalla de televisión sin sonido, levantadores de pesas que descansan con la mirada perdida como si filosofarán (cuando en realidad están calculando cuántos batidos de aminoácidos deben meterse para conservar su aspecto de bueyes sanos), instructores que parecen hablar con los espejos del salón de clase porque sus alumnos tienen entre otras atléticas cualidades la de la invisiblidad, característica que se obtiene con muchas horas de entrenamiento y una moralina a toda prueba.

viernes, febrero 04, 2005

Caníbales

Esta semana, una palabra me he perseguido inmisericorde. Me ha atacado desde las páginas de mis libros de cabecera en turno, desde la estación de radio sintonizada al descuido y desde las pláticas bobas de oficina. El asunto es bastante extraño porque la mentada palabra no es uno de esos vocablos ingenuos como “familia” o evocadores como “palmera”. Resulta que la palabra de la semana es “antropofagia”. Ni más ni menos.

No puedo fingirme escandalizada porque la verdad he pensado mucho en semejante costumbre humana (quizá se deba a que no he sido muy afortunada con mis superiores laborales). La antropofagia me ha interesado desde hace muchos años, aunque hay que aclarar que el asunto no viene de una parafilia inconfesable sino del más decente vicio de leer recetarios e historias de la alimentación. La cuestión es que el tema se ha instalado en la agenda (¡ay, qué término tan mamón!) de los mexicanos porque unos investigadores del INAH acaban de declarar que sí, que ni modo, que qué le vamos a hacer, que los mexicas sí comían carne humana y que no eran puros inventos locos de los frailes piojosos de la conquista espiritual. Resulta que los doctos investigadores hallaron un basurero prehispánico. Ahí estaban –por supuesto, nuestros ancestros eran un pueblo limpio- las sobras de la comida: húmeros roídos porque la carne pegada al hueso es la mejor, tibias rotas para hacer tacos de tuétano, cúbitos con hilachos de carne que quedó correosa por una mala cocción. ¡Horror! Se fue al diablo la visión de la flor y el canto, el pájaro de las no-sé-cuántas-mil-voces y la limpia metrópoli del Altiplano. Caníbales. Resulta que descendemos de caníbales y nosotros haciéndonos la ilusión de ser los herederos de la medicina milenaria, de la avanzada astronomía, de la filosofía que ni los franciscanos pudieron comprender.

La verdad el asunto era ya bastante claro. En su libro Bueno para comer, Marvin Harris expone innumerables pruebas de la antropofagia en nuestro país. Incluso un estudio publicado en Nature, habla de que la influencia de los aztecas sobre los pueblos del norte llevó a los anazasi a practicar el canibalismo. Lo interesante este estudio es que la antropofagia está probada científicamente pues se hizo a partir del análisis de coprolitos (excremento hecho piedra, para los ignorantes de las etimologías grecolatinas) y los resultados señalan que los anazasi comían carne humana en cantidades considerables. La cuestión es que no nos la queríamos creer.

Este horror ante la antropofagia siempre me ha sorprendido; pero no porque me parezca que un muslito de niño es apetecible, sino porque el horror ante el canibalismo se basa en la deshumanización. Intentaré explicar tan confusa argumentación. Para poderte comer a alguien debes pensar que no es humano, sino simplemente una rica fuente de proteína. Es decir resulta necesario aislar el cuerpo de todo aquello que nos hace humanos –que las más recientes teorías llamarían la mente y mi maestra de catecismo, el alma inmortal. Si uno lo logra, puede empezar a ver a los transeúntes como ricas viandas ambulantes, justo como sucede en las caricaturas cuando los pollos que corretean se vuelven jugosos frutos de rosticero. La cuestión es que el verdadero horror del canibalismo es la deshumanización del otro.

Lo interesante es que esa deshumanización no nos resulta tan aberrante cuando no va acompañada de la ingesta. Si el señor Bush decide apresar talibanes, arrojar sus derechos humanos al Golfo Pérsico y tratarlos como animales ponzoñosos o mejor aún matarlos en sus propias casas, escuelas y hospitales la opinión mundial se lamenta y agita la cabeza con desesperanza. Ahora bien, si al mismo señor se le ocurriera celebrar una cena-baile en la que se sirvieran higaditos de talibán en salsa de morillas, entonces sí la humanidad pondría el grito en el cielo. Quizá los franceses decidirían invadir Florida y los ingleses comenzarían a pensarse aquello de las alianzas. La misma idea se puede aplicar a lo largo de la historia a los curdos, los judíos, los católicos, los negros y a todos aquellos grupos humanos que han sido tratados como no-humanos (es decir casi a cualquiera que haya pisado el planeta Tierra).

Parece que el principio que prevalece es que se vale ver a cualquiera como un saco de huesos y músculos y tratarlo como tal, pero no se le ocurra a uno zamparse unas costillitas de semejante origen porque la reprobación mundial lo aplastará a uno con todo su peso. La pregunta sería si es válido mirar con los ojos hinchados de asco al caníbal tribal que se come un enemigo en un rito milenario y dedicar una mirada de madre regañona a quien deshumaniza, de cabo a rabo, al mismo enemigo. ¿Acaso no se practica, todos los días, una antropofagia mucho más perversa? Una antropofagia que se come los sueños, los deseos, los recuerdos y la identidad del otro.