Ojos que no ven...
Cada noche, después de una inhumana jornada de trabajo universitario, voy al gimnasio. Me ha dado una especie de adicción al ejercicio: hago pilates, me subo a la bici, tomo clases de jazz, juego squash, levanto pesas, escalo muros y tomo largos baños de vapor. Además de entrenarme, me estoy aculturizando; y es que los gimnasios modernos tienen su propia culturita. Por ejemplo, cuando era una vil advenediza creía que debía fortalecer mi panza, ahora sé que lo correcto es fortalecer el core. Confundía el step, con el deck y, pero aún, con el core trainer; creía, ingenuamente, que todos eran “escaloncitos para ejercicio”. Por fortuna, poco a poco mi sentido de pertenencia ha crecido y día a día soy una mejor “sportcitizen”. No vaya a creer usted, querido lector, que este proceso es simple, pues en realidad implica una profunda comprensión de la vida gimnástica.
Me tomó poco tiempo comprender el código de vestir que los sportcitizens respetan a pie juntillas: ropa de marca y tenis novedosísimos. Aunque hubo algunos puntos que me fue un poco más difícil desentrañar. Por ejemplo, está muy bien visto usar las camisetas que obsequian cuando uno se inscribe a una carrera; pero, desde luego, no se vale usar las que te regalan cuando pintas tu casa (con un encantador y azulino logo de Comex), haces un pedido gigante de pizzas o te ganas una rifa de pinol en el súper. Si uno es muy atrevido, puede intentar ponerse alguna camiseta de una fundación de beneficencia o, quizá, de Greenpeace. Las joyas están prohibidas; salvo que uno se ponga el brazalete de Lance Armstrong (eso sí el original de Nike y no una copia chafa de las que ya venden en el metro). Otro punto importante es perfumarse en abundancia antes de hacer ejercicio; el sudor es un trofeo al esfuerzo físico y se ostenta con gusto, pero el olor –por supuesto- queda descartado.
Si bien he llegado a comprender estas reglas de urbanidad, me quedan aún algunas por desentrañar. Lo interesante del asunto es que las más complejas y secretas están –como suele suceder- vinculadas con el sexo. Por ejemplo, los hombres pueden usar pantalones cortos; las mujeres, no. Supongo que las extremidades inferiores masculinas no provocan malos pensamientos por más bien torneadas que estén. Nadie muestra el vientre ni arroja la camiseta en medio de un sofocón en el spinning. En los salones de clase, existe un convenio secreto para guardar las distancias; cada sportcitizen viaja dentro de su infranqueable burbuja personal. Sin embargo, la regla más compleja y, por consiguiente, más interesante tiene que ver con la mirada. No se vale fijar la vista en otra persona: nada de verle el trasero a la chica que se contonea en la elíptica frente a ti o exorbitar los ojos frente a las contorsiones del maestro de pilates. Es más, ver a alguien a los ojos es casi pecado mortal. Semejante regla tácita provoca algunas de las situaciones más curiosas que he visto en el campo de la comunicación humana: elevadores llenos de zombies en pants, una larga fila de ciclistas con los ojos perdidos en una lejana pantalla de televisión sin sonido, levantadores de pesas que descansan con la mirada perdida como si filosofarán (cuando en realidad están calculando cuántos batidos de aminoácidos deben meterse para conservar su aspecto de bueyes sanos), instructores que parecen hablar con los espejos del salón de clase porque sus alumnos tienen entre otras atléticas cualidades la de la invisiblidad, característica que se obtiene con muchas horas de entrenamiento y una moralina a toda prueba.
Me tomó poco tiempo comprender el código de vestir que los sportcitizens respetan a pie juntillas: ropa de marca y tenis novedosísimos. Aunque hubo algunos puntos que me fue un poco más difícil desentrañar. Por ejemplo, está muy bien visto usar las camisetas que obsequian cuando uno se inscribe a una carrera; pero, desde luego, no se vale usar las que te regalan cuando pintas tu casa (con un encantador y azulino logo de Comex), haces un pedido gigante de pizzas o te ganas una rifa de pinol en el súper. Si uno es muy atrevido, puede intentar ponerse alguna camiseta de una fundación de beneficencia o, quizá, de Greenpeace. Las joyas están prohibidas; salvo que uno se ponga el brazalete de Lance Armstrong (eso sí el original de Nike y no una copia chafa de las que ya venden en el metro). Otro punto importante es perfumarse en abundancia antes de hacer ejercicio; el sudor es un trofeo al esfuerzo físico y se ostenta con gusto, pero el olor –por supuesto- queda descartado.
Si bien he llegado a comprender estas reglas de urbanidad, me quedan aún algunas por desentrañar. Lo interesante del asunto es que las más complejas y secretas están –como suele suceder- vinculadas con el sexo. Por ejemplo, los hombres pueden usar pantalones cortos; las mujeres, no. Supongo que las extremidades inferiores masculinas no provocan malos pensamientos por más bien torneadas que estén. Nadie muestra el vientre ni arroja la camiseta en medio de un sofocón en el spinning. En los salones de clase, existe un convenio secreto para guardar las distancias; cada sportcitizen viaja dentro de su infranqueable burbuja personal. Sin embargo, la regla más compleja y, por consiguiente, más interesante tiene que ver con la mirada. No se vale fijar la vista en otra persona: nada de verle el trasero a la chica que se contonea en la elíptica frente a ti o exorbitar los ojos frente a las contorsiones del maestro de pilates. Es más, ver a alguien a los ojos es casi pecado mortal. Semejante regla tácita provoca algunas de las situaciones más curiosas que he visto en el campo de la comunicación humana: elevadores llenos de zombies en pants, una larga fila de ciclistas con los ojos perdidos en una lejana pantalla de televisión sin sonido, levantadores de pesas que descansan con la mirada perdida como si filosofarán (cuando en realidad están calculando cuántos batidos de aminoácidos deben meterse para conservar su aspecto de bueyes sanos), instructores que parecen hablar con los espejos del salón de clase porque sus alumnos tienen entre otras atléticas cualidades la de la invisiblidad, característica que se obtiene con muchas horas de entrenamiento y una moralina a toda prueba.

2 Comments:
Lindo el espejo donde me vi retratado. ¿En cuántos más me retrataré? Seguramente, en la medida en que sigas escribiendo tan buenos textos.
Increiblemente completo...
Aunque faltaron algunos incidentes deportivos...
El clásico "alternamos???"
Cuando nadie quiere hacerlo!!! cada quien quiere estar solo con su aparato de condicionamiento...
Aunque mencionaste algo parecido con los entrenadores y el espejo, hay personas que pasan más tiempo frente al mismo que haciendo ejercicio... y cabe destacar que simplemente ven como el músculo no esta ahí...
Y que tal las platicas que supuestamente no escuchas sobre suplementos legales e ilegales... obviamente entre el entrenador y un fisicoculturista wanabee...
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