lunes, enero 10, 2005

Las genealogías

Olmo siempre tiene una historia que contar. Quizá por eso me gusta salir con él, aunque me lleve a bares para niños. El sábado me contó una historia magnífica. Resulta que todos vamos a ir al cielo. No importa los esfuerzos que uno haga por ser verdaderamente demoníaco, el cielo está garantizado. Sin embargo, no debemos creer que nos espera ese cielo melifluo que nos vendieron en el catecismo romano; no señores, a todos nos aguardan abiertas las puertas del cielo mormón. El asunto es bastante simple. Según me explicó, mientras se bebía la tercera chela y se ajustaba su chamarra de cuero recién importada de Salt Lake City, los mormones consideran que todo aquel que sea bautizado en la fe mormona ganará, ipso facto, su entrada al reino de los cielos (mormones, desde luego). Estas amables personas han considerado, entonces, que todo ser humano debe ser bautizado en esta fe en el último momento de su vida, aunque se haya pasado ocho décadas inclinado ante Alá o bailando el pasito tun-tún de los hare krishnas. Con el fin de lograr tan valiosa empresa, la comunidad ha reunido gigantescas bases de datos con los nombres de todo los seres humanos que han nacido en este planeta desde hace un par de siglos. Cuando me contó de semejante portento informático, dudé. Y es que era fácil dudar: primero, porque no podía imaginarme a un par de mormones con su pelo a rape y su delgada corbata ochentera anotando minuciosamente el nombre de mis tatarabuelos de la brava costa guerrerense; segundo, porque Olmo se pone guapo con la chamarra ésa y, por principio, desconfío de los hombres bien parecidos. Esta mañana irrumpí con mi cuenta de Internet en los archivos mormones. Con una mezcla de horror y emoción, descubrí el nombre de mi tatarabuelo: Donaciano Olalde, nacido en Chamacuero Comonfort, y pude seguir su rastro hasta mi tío Nicolás que murió chicano en Illinois. No encontré mi nombre ni el de Olmo (aunque, desde luego, aparecieron los Lemini y los Rigo). Quizá aún estamos catalogados en el banco de réprobos que todavía no tienen lugar en el cielo.