Poco sexo y muchas nueces
En pocos meses, el boom gourmet se extendió por la ciudad. Las tiendas especializadas aparecieron como hongos –eso sí, shitake- en temporada de lluvias, llegó Le Cirque con toda su parafernalia, se inauguró The palm en donde un filete cuesta igual que un ternero completo en un rastro clandestino, las discotecas se abandonaron por las vinotecas, el tequila se volvió delicatessen, los preparatorianos abandonaban la abogacía por el mandilito de chef. ¿Qué diablos estaba sucediendo?
Mi teoría era que el súbito gusto por la alta cocina era un reflejo de la bonanza económica que la clase alta estaba experimentando –no en balde un mexicano es el quinto hombre más rico del mundo-. Lo mismo piensa Anthony Bourdain. El señor Bourdain es un chef neoyorkino bastante peculiar: cree que los mejores chefs franceses son de Tlalpanalá, Puebla y se ha dedicado a buscar “la comida perfecta” alrededor del mundo, seguido por dos camarógrafos de la New York Times Televison, además la da por la literatura y ha publicado un libro sobre ése, su tan extraordinario viaje. En esas páginas habla de la “fiebre del oro de la alimentación” que han sufrido los mexicanos. Según dice la fiebre ha hecho sus mayores estragos en dos países: Inglaterra y Australia, en donde se ha dado una “psicosis de masas resultado de la prosperidad urbana” que ha hecho que todo mundo esté loco por los chefs, los restaurantes y la cocina. Así que coincido con Bourdain, el origen de la fiebre son las obesas cuentas bancarias en las grandes ciudades del mundo.
Sin embargo, leer a este autor me ha hecho pensar en una teoría alterna y mucho, mucho más jugosa. En su viaje, Bourdain probó una serie de alimentos que los nativos recomendaban por sus propiedades “vigorizantes”; desde luego, no eran espinacas –aunque Popeye usara el mismo pretexto- sino toda clase de animales extraños y preparaciones asquerosas que prometen el vigor sexual de un adolescente (ja!). El pobre hombre tuvo que comer sopa de moco de pájaro –se hierven los nidos para obtener las secrecciones de los bichos- e intentar deglutir en un zoológico-restaurante-motel en donde los comensales eligen a sus víctimas (de mesa y de cama) para comenzar a pensar que el hombre está demasiado preocupado por su pene.
Y no será que en México nos pasa lo mismo, acaso no nos faltará sexo de buena calidad y por eso invertimos tanto en exquisiteces culinarias. Creo que estos más inofensivos placeres –el abuso se resuelve con Pepto Bismol- permiten a los pobres chilangos experimentar sensorialmente mucho de lo que les está vedado en la cama. La teoría resulta coherente. Los estudios dicen que los hombres (y, por supuesto, las mujeres, sólo que no quería sonar como la señora Marthita) de alto nivel económico y educativo tienen poco sexo, qué mejor manera de suplirlo que hundiéndose hasta las orejas en los placeres de la mesa. Con esta teoría resulta familiar explicar una imagen que he visto más de una vez en esta caótica ciudad: el yuppie que se arremanga con todo y mancuernillas Bulgari, para hincarle el diente a una patita de cerdo y mientras se relame y hurga con el morro entre los cartílagos, no se acuerda del asco que sentía cuando, en casa de su mami, las sirvientas y el jardinero celebraban el sábado con unas tostaditas de pata y chiles encurtidos.
