miércoles, mayo 18, 2005

Poco sexo y muchas nueces

Desde hace algunos años me ha llamado la atención el boom de la alta cocina que se ha dado en México. Todo empezó una tarde en que Rafa y yo decidimos comer en un famoso restaurante parisino. Resulta que estábamos en Europa y, por algún milagro, teníamos un par de cheques de viajero que misteriosamente habían sobrevivido hasta el final del viaje. Ni hablar, debíamos comérnoslos porque la dieta de baguettes, paninis, bocatas y pastries nos tenía bastante asqueados. Nuestra primera opción fue el famosísimo Tour d´argent (constelación Michelin, centurias de tradición, clientela selecta, bla, bla, bla); por supuesto, no pudimos entrar. El portero vestía más elegante que nuestra familia entera en las bodas. Nuestra siguiente elección fue una mezcla de esnobismo y presupuesto: Au pie du Couchon. El famoso comedero parisino contaba con distintos atractivos: es el primer restaurante del mundo de 24 horas –extraño honor que supongo comparte con el Súper 7 y el Denny´s- , prepara la mejor sopa de cebolla del mundo, tiene una rancia tradición –que se expresa en desgastados terciopelos rojos- y, por si fuera poco, sus dueños acababan de anunciar la apertura de su primera y única sucursal, ¡sorpresa!, en México. Nos sentíamos divinos, el plan era comer ahí y cuando nuestros pobres amigos chilangos se vanagloriaran de sus cenas en la sucursal, nosotros negaríamos con la cabeza, frunciríamos los labios y diríamos que no tenía nada que ver con la “experiencia parisina”. Éramos jóvenes y profundamente estúpidos. La experiencia fue una caos, como no le entendimos un carajo a la carta y el mesero era insoportable, acabamos comiendo un pescado medio crudo en una terrible salsa de jengibre que casi escaldaba la lengua. Lo único valioso del asunto es que desde entonces comencé a rastrear esa locura por la haute cuisine que le ha dado a los mexicanos de las Lomas y Polanco.

En pocos meses, el boom gourmet se extendió por la ciudad. Las tiendas especializadas aparecieron como hongos –eso sí, shitake- en temporada de lluvias, llegó Le Cirque con toda su parafernalia, se inauguró The palm en donde un filete cuesta igual que un ternero completo en un rastro clandestino, las discotecas se abandonaron por las vinotecas, el tequila se volvió delicatessen, los preparatorianos abandonaban la abogacía por el mandilito de chef. ¿Qué diablos estaba sucediendo?

Mi teoría era que el súbito gusto por la alta cocina era un reflejo de la bonanza económica que la clase alta estaba experimentando –no en balde un mexicano es el quinto hombre más rico del mundo-. Lo mismo piensa Anthony Bourdain. El señor Bourdain es un chef neoyorkino bastante peculiar: cree que los mejores chefs franceses son de Tlalpanalá, Puebla y se ha dedicado a buscar “la comida perfecta” alrededor del mundo, seguido por dos camarógrafos de la New York Times Televison, además la da por la literatura y ha publicado un libro sobre ése, su tan extraordinario viaje. En esas páginas habla de la “fiebre del oro de la alimentación” que han sufrido los mexicanos. Según dice la fiebre ha hecho sus mayores estragos en dos países: Inglaterra y Australia, en donde se ha dado una “psicosis de masas resultado de la prosperidad urbana” que ha hecho que todo mundo esté loco por los chefs, los restaurantes y la cocina. Así que coincido con Bourdain, el origen de la fiebre son las obesas cuentas bancarias en las grandes ciudades del mundo.

Sin embargo, leer a este autor me ha hecho pensar en una teoría alterna y mucho, mucho más jugosa. En su viaje, Bourdain probó una serie de alimentos que los nativos recomendaban por sus propiedades “vigorizantes”; desde luego, no eran espinacas –aunque Popeye usara el mismo pretexto- sino toda clase de animales extraños y preparaciones asquerosas que prometen el vigor sexual de un adolescente (ja!). El pobre hombre tuvo que comer sopa de moco de pájaro –se hierven los nidos para obtener las secrecciones de los bichos- e intentar deglutir en un zoológico-restaurante-motel en donde los comensales eligen a sus víctimas (de mesa y de cama) para comenzar a pensar que el hombre está demasiado preocupado por su pene.

Y no será que en México nos pasa lo mismo, acaso no nos faltará sexo de buena calidad y por eso invertimos tanto en exquisiteces culinarias. Creo que estos más inofensivos placeres –el abuso se resuelve con Pepto Bismol- permiten a los pobres chilangos experimentar sensorialmente mucho de lo que les está vedado en la cama. La teoría resulta coherente. Los estudios dicen que los hombres (y, por supuesto, las mujeres, sólo que no quería sonar como la señora Marthita) de alto nivel económico y educativo tienen poco sexo, qué mejor manera de suplirlo que hundiéndose hasta las orejas en los placeres de la mesa. Con esta teoría resulta familiar explicar una imagen que he visto más de una vez en esta caótica ciudad: el yuppie que se arremanga con todo y mancuernillas Bulgari, para hincarle el diente a una patita de cerdo y mientras se relame y hurga con el morro entre los cartílagos, no se acuerda del asco que sentía cuando, en casa de su mami, las sirvientas y el jardinero celebraban el sábado con unas tostaditas de pata y chiles encurtidos.

jueves, abril 07, 2005

El obeso genio humano

Ahora resulta que todos tenemos que bajar de peso; que por el índice de masa corporal, las arterias, las articulaciones, las vértebras, el verano que se acerca con sus promesas de playas y bikinis. Las estrategias para lograrlo son innumerables: dietas monotemáticas (comer proteinas a destajo, nutrirse de toronjas y queso panela, eliminar todo vestigio de carbohidratos), sesiones agotadoras de pedalear en una bici que no va a ningún lado, operaciones matemáticas complicadísimas para obtener el número de calorías que debemos deglutir, suplementos alimenticios con aminoácidos impronunciables, medicamentos patentados que han requerido más investigación que la dedicada a las enfermedades endémicas de los países más pobres. En fin, que hemos puesto toda la ciencia al servicio de la esbeltez. Aquí viene, como siempre, lo que un hombre muy sabio llama “la gran parajoda”.
Resulta que durante siglos la humanidad se dedicó a buscar remedios infalibles contra la hambruna. Hacer aquí un recuento de esta lucha contra el hambre resultaría no sólo imposible sino también terriblemente aburrido para los contados lectores de este blog; sin embargo, como el asunto me apasiona quiero poner un simple, redondo y suave ejemplo: la papa. Cuando este tubérculo americano se introdujo en Europa, a finales del siglo XVI, resultó una magnífica solución para nutrir a los voraces europeos acostumbrados a pasar gélidos inviernos comiendo carne dura en salazón y mendrugos poco apetecibles. En Francia, fue Parmentier -agrónomo, farmacéutico, pero sobre todo, soberbio cocinero- quien alabó las virtudes de la papa y popularizó su cultivo. Fue tal la campaña que emprendió que Luis XVI llevaba una flor de papa en el ojal y su mujer ponía una entre sus cabellos (quizá sea éste el origen de la mercadotecnia hollywodense). Finalmente, la papa triunfó en Europa; era el nuevo pan de los pobres. Miles de recetas se probaron para hacer sopas, panes, potajes, guarniciones, purés y hasta licores del bienamado tubérculo. El consumo de papa era tal que cuando un hongo atacó los cultivos irlandeses a finales del siglo XVII, con sus trebolitos verdes y sus botellitas de whiskey de papa más de medio millón de irlandeses pasaron a mejor vida y otros tantos optaron por emigrar a Estados Unidos (incluidos los Kennedy, que ya desde entonces eran una sarta de campesinos). El amor por la pomme de terre era inconmensurable. Sin embargo, hoy huimos de la papa aterrorizados; nadie se come sin culpa una generosa porción de puré, una quesadilla de papa con chorizo y, menos aún, un buen plato de papas fritas. La campaña de Pamentier ha fracasado.
La cuestión es que desde hace siglos la humanidad ha buscado alimentos fáciles de conseguir, apetecibles, llenos de calorías, ricos en hidratos de carbono. Agenciarse mil calorías diarias en el siglo XVII era un verdadero lujo. Pero, el genio humano trabajó arduamente en solucionar este problema: se inventó la harina refinada (más calorías, menos fibra; un éxito, desde luego), se ideó la cría de ganado (y su engorda química), se diseñaron conservadores artificiales (desde la refrigeración hasta las latas y los sulfatos). En fin, que el mundo se preparó para una hambruna bestial a la cual le ganamos la guerra de antemano.
El problema es que se nos pasó la mano. Creamos súper alimentos y celebramos nuestro talento comiendo hasta el hartazgo. Y ahora con nuestro rollitos de grasa alrededor de la cintura pretendemos hacer dietas. Las famosas mil calorías son ya un chiste: un gansito y un vaso de leche, dos rebanadas de pizza meat lovers o medio Mc Trío. Si a eso le sumamos que para conseguir un plato de papas había que levantarse al alba y roturar la tierra congelada durante horas, mientras que para hacerse de una Big Mac basta con asomar la cabeza desde el coche y gritarle la orden a un altavoz, nuestra gordura no requiere mucha más explicación.
Y ahora andamos por la vida pagando a precio de oro un manojo de espinacas orgánicas, trotando –sudorosos y hartos- sobre una banda sinfín, soñando con galletas de chispas de chocolate y deambulando, con la mirada perdida, entre los tentadores estantes del supermercado del genio humano.

lunes, marzo 14, 2005

Trayectorias

para Maruca (ni hablar)

En ocasiones, uno se ve en la necesidad de aprender con la seguridad total de que esos nuevos aprendizajes nunca más le serán útiles en la vida. Yo estoy justo en un proceso en el que tengo que aprender a manejar una serie de conceptos y métodos que nunca más volveré a utilizar. La culpa –sesgada, pero culpa al fin- es de mi amiga Maruca. La Maruca trabajaba en mi oficina y un buen día emigró par convertirse en la gerente de exportaciones de una transnacional. Como la buena mujer era subdirectora, dejó todo un departamento descabezado y a mi me tocó hacerla de cabecilla del grupo. La verdad es que gran parte de su trabajo tiene que ver con la estadística y como yo reprobé matemáticas desde que me acuerdo, no llego ni a cabecita jíbara en este asunto. El trabajo de la Maruca consistía en hacer las trayectorias escolares de todos los alumnos de la UNAM. Esto que suena tan sencillito es una verdadera locura; se trata –hasta donde entiendo y entiendo poco- de registrar la vida académica de cada estudiante que la Universidad acepta. Es decir, saber cuándo ingresa, cuántos créditos acumula al término de cada semestre y si –milagrosamente- egresa. Si estos estudios se hicieran en una escuela de monjas serían facilísimos (niño ingresa, niño aprueba, niño egresa y si no aprueba, se larga); sin embargo en la UNAM la historia es muy diferente.Las variables que se ponen en juego son verdaderamente infinitas. Ahí les van algunos casos de los comunes (por que los extraordinarios son material para un volumen de psicopatología). El mocoso preparatoriano ingresa a la carrera de ingeniería metalúrgica –porque piden menos puntos en el examen y no está saturada y, quizá, un día encuentre oro- y comienza su vida universitaria. Al final del primer semestre, cuando es obvio que no va a aprobar ninguna materia, decide que lo suyo, lo suyo es la veterinaria (porque cuando tenía cinco años tuvo un perro al que quiso mucho). Y vengan los trámites para cambiarse de carrera. Que el mocoso haga lo que quiera con su vida me da lo mismo, pero que nosotros –los pobres peones universitarios- tengamos que rastrear sus andanzas en las bases de datos, eso sí que no es justo. Otro caso, el futuro politólogo que se inscribe lleno de ilusión a Ciencias políticas porque le gusta ver las noticias de López Dóriga y la única ocasión que le tocaron elecciones dio un voto razonado. Total que el pobre chico piensa que todo va a ser coser y grillar; y a la primera de cambios lo truenan en cuatro materias básicas. Y ahí vienen las decisiones: seguir intentando comprender la teoría política y las bases del derecho mexicano, buscarse una chamba en un Mc Donalds o, de plano, darse a la perdición en las Islas. El asunto es que su expediente se comienza a trastornar: inscribe 18 materias optativas, reprueba todas las obligatorias, se intenta pasar la seriación por salva-sea-la-parte, manda todo el plan de estudios a extraordinario o decide especializarse en primer semestre. Y ahí están los pobres peones universitarios intentando comprender qué demonios hizo. Sin embargo, no he de negar que los estudios de trayectorias escolares tienen su gracia. Arrojan unos resultados divinos (de los cuales no puedo hablar porque son estrictamente confidenciales) que son terreno fértil para la imaginación. Tomemos como ejemplo el “abandono”; este nombre tan poético describe a los sujetos que una vez transcurrido el tiempo determinado por su plan de estudios han acumulado un maravilloso total de cero créditos. Si fueran uno o dos estudiantes por carrera quienes optaran por el abandono, la explicación lógica sería que murieron al término del primer semestre. Sin embargo, hay cientos de estos especimenes y como la tasa de mortalidad juvenil no es tan alta, resulta preciso recurrir a otras explicaciones. Se me han ocurrido algunas: el Tec les ofreció becas-crédito-su-alma-por-un-título-de-LAE y los jóvenes decidieron emigrar hacia las más plácidas tierras de Xochimilco; hay un programa secreto de reclutamiento de braceros con bachillerato concluido; cada año se registra una abducción alienígena masiva en CU; o quizá –y esta me parece más plausible- muchos jóvenes se percatan rápidamente de que tener un título universitario en este país no es ninguna garantía de supervivencia y deciden inaugurar su puesto de chinerías, instalar su anafre quesadillero o, si tienen suerte, falsificarle las placas a su taxi pirata.

lunes, febrero 14, 2005

Puro amor

Resulta que hoy es 14 de febrero y la red entera se ha poblado de corazoncitos. Google tiene un montón de rosas con ridículos lazos blancos montado sobre el logotipo; el iconito de messenger está vestido ¡por Dios! de Cupido; todo blogger habla de las mieles del amor y las delicias de la amistad. Aunque detesto todas las festividades que sirven para decorar aparadores y tengo un especial encono con San Valentín; he decidido unirme a este movimiento amelcochador de la red. Sin embargo, prefiero dejar las elucubraciones románticas a plumas más dispuestas y concentrarme en asuntos más terrenales. Resulta que el amor es una cosa esplendorosa que, afortunadamente, conduce (cuando la salud mental lo permite) al sexo. Y hablar de sexo es algo que, desde luego, me divierte más.

Para enterarme bien del asunto, me he dedicado a revisar la famosísima encuesta Durex: Sex Global Survey 2004. El estudio, un poco sesgado pues sólo lo responden cibernautas, se hizo sobre una población de 350,000 personas distribuidas en 41 países. Los resultados muestran datos curiosos: los islandeses pierden la virginidad antes que el resto de sus coterráneos, quizá porque el frío ártico no les deja ninguna escapatoria posible; los franceses, aunque parezca un cliché, son quienes tienen sexo con más frecuencia (137 veces al año), mientras que los japoneses no alcanzan ni los 50 encuentros al año (¡Sigan trabajando, señores! ¡Inunden los mercados tecnológicos! Total, nosotros tenemos cosas más importantes que hacer); los chinos son los más promiscuos (un promedio de 19 parejas), aunque no debería importarnos, finalmente es más fácil encontrar pareja en aquellas superpobladas tierras que en los desiertos parajes noruegos o en los pueblos de braceros del campo mexicano.

Sin embargo, lo más interesante de la encuesta tiene que ver con las mujeres. Resulta que las damas reciben educación sexual a edad más temprana que los hombres. Hecho bastante explicable: las hormonas, los cambios de una “mujercita”, bla, bla, bla. Pero resulta que las mujeres también tienen sexo con más frecuencia: 106 veces al año, mientras que los hombres sólo alcanzan un promedio de 101. Todo comienza a tornarse extraño. ¿No que no? Respecto al número de parejas sexuales resulta que los hombres dicen haber tenido un promedio de 12 amantes y las mujeres confiesan un tímido 7. Aquí ya todo se voltea de cabeza; ¿cómo carajos le hacen las mujeres para tener más sexo con menos parejas y, misterio matemático, sin alterar el promedio de frecuencia de los hombres? Posibles soluciones que se me ocurren. Uno, la mujer elige un hombre, lo amarra a la cama y abusa de él hasta que se harta, por consiguiente lo desamarra y lo echa a la calle, entonces el pobre diablo queda tan dañado que se retira a un monasterio y hacer caer, dramáticamente, el promedio masculino. Dos, las señoritas no saben contar. Tres, las damas no tienen memoria. Cuatro, mienten. La cuestión es más espeluznante cuando se observa el número de orgasmos: sólo el 45% de los hombres consiguen uno cada vez que tienen sexo, entre las mujeres el porcentaje cae al 17%. Ahora sí, esto es el infierno. las mujeres tiene mucho sexo, con pocas personas y sin orgasmos. De verdad que la ecuación no me cuadra. ¿Quién quiere tener mucho sexo con el mismo idiota y sin sentir nada? Pregunta retórica, sin embargo más de un par de nombres se me vinieron a la mente.

jueves, febrero 10, 2005

Ojos que no ven...

Cada noche, después de una inhumana jornada de trabajo universitario, voy al gimnasio. Me ha dado una especie de adicción al ejercicio: hago pilates, me subo a la bici, tomo clases de jazz, juego squash, levanto pesas, escalo muros y tomo largos baños de vapor. Además de entrenarme, me estoy aculturizando; y es que los gimnasios modernos tienen su propia culturita. Por ejemplo, cuando era una vil advenediza creía que debía fortalecer mi panza, ahora sé que lo correcto es fortalecer el core. Confundía el step, con el deck y, pero aún, con el core trainer; creía, ingenuamente, que todos eran “escaloncitos para ejercicio”. Por fortuna, poco a poco mi sentido de pertenencia ha crecido y día a día soy una mejor “sportcitizen”. No vaya a creer usted, querido lector, que este proceso es simple, pues en realidad implica una profunda comprensión de la vida gimnástica.

Me tomó poco tiempo comprender el código de vestir que los sportcitizens respetan a pie juntillas: ropa de marca y tenis novedosísimos. Aunque hubo algunos puntos que me fue un poco más difícil desentrañar. Por ejemplo, está muy bien visto usar las camisetas que obsequian cuando uno se inscribe a una carrera; pero, desde luego, no se vale usar las que te regalan cuando pintas tu casa (con un encantador y azulino logo de Comex), haces un pedido gigante de pizzas o te ganas una rifa de pinol en el súper. Si uno es muy atrevido, puede intentar ponerse alguna camiseta de una fundación de beneficencia o, quizá, de Greenpeace. Las joyas están prohibidas; salvo que uno se ponga el brazalete de Lance Armstrong (eso sí el original de Nike y no una copia chafa de las que ya venden en el metro). Otro punto importante es perfumarse en abundancia antes de hacer ejercicio; el sudor es un trofeo al esfuerzo físico y se ostenta con gusto, pero el olor –por supuesto- queda descartado.

Si bien he llegado a comprender estas reglas de urbanidad, me quedan aún algunas por desentrañar. Lo interesante del asunto es que las más complejas y secretas están –como suele suceder- vinculadas con el sexo. Por ejemplo, los hombres pueden usar pantalones cortos; las mujeres, no. Supongo que las extremidades inferiores masculinas no provocan malos pensamientos por más bien torneadas que estén. Nadie muestra el vientre ni arroja la camiseta en medio de un sofocón en el spinning. En los salones de clase, existe un convenio secreto para guardar las distancias; cada sportcitizen viaja dentro de su infranqueable burbuja personal. Sin embargo, la regla más compleja y, por consiguiente, más interesante tiene que ver con la mirada. No se vale fijar la vista en otra persona: nada de verle el trasero a la chica que se contonea en la elíptica frente a ti o exorbitar los ojos frente a las contorsiones del maestro de pilates. Es más, ver a alguien a los ojos es casi pecado mortal. Semejante regla tácita provoca algunas de las situaciones más curiosas que he visto en el campo de la comunicación humana: elevadores llenos de zombies en pants, una larga fila de ciclistas con los ojos perdidos en una lejana pantalla de televisión sin sonido, levantadores de pesas que descansan con la mirada perdida como si filosofarán (cuando en realidad están calculando cuántos batidos de aminoácidos deben meterse para conservar su aspecto de bueyes sanos), instructores que parecen hablar con los espejos del salón de clase porque sus alumnos tienen entre otras atléticas cualidades la de la invisiblidad, característica que se obtiene con muchas horas de entrenamiento y una moralina a toda prueba.

viernes, febrero 04, 2005

Caníbales

Esta semana, una palabra me he perseguido inmisericorde. Me ha atacado desde las páginas de mis libros de cabecera en turno, desde la estación de radio sintonizada al descuido y desde las pláticas bobas de oficina. El asunto es bastante extraño porque la mentada palabra no es uno de esos vocablos ingenuos como “familia” o evocadores como “palmera”. Resulta que la palabra de la semana es “antropofagia”. Ni más ni menos.

No puedo fingirme escandalizada porque la verdad he pensado mucho en semejante costumbre humana (quizá se deba a que no he sido muy afortunada con mis superiores laborales). La antropofagia me ha interesado desde hace muchos años, aunque hay que aclarar que el asunto no viene de una parafilia inconfesable sino del más decente vicio de leer recetarios e historias de la alimentación. La cuestión es que el tema se ha instalado en la agenda (¡ay, qué término tan mamón!) de los mexicanos porque unos investigadores del INAH acaban de declarar que sí, que ni modo, que qué le vamos a hacer, que los mexicas sí comían carne humana y que no eran puros inventos locos de los frailes piojosos de la conquista espiritual. Resulta que los doctos investigadores hallaron un basurero prehispánico. Ahí estaban –por supuesto, nuestros ancestros eran un pueblo limpio- las sobras de la comida: húmeros roídos porque la carne pegada al hueso es la mejor, tibias rotas para hacer tacos de tuétano, cúbitos con hilachos de carne que quedó correosa por una mala cocción. ¡Horror! Se fue al diablo la visión de la flor y el canto, el pájaro de las no-sé-cuántas-mil-voces y la limpia metrópoli del Altiplano. Caníbales. Resulta que descendemos de caníbales y nosotros haciéndonos la ilusión de ser los herederos de la medicina milenaria, de la avanzada astronomía, de la filosofía que ni los franciscanos pudieron comprender.

La verdad el asunto era ya bastante claro. En su libro Bueno para comer, Marvin Harris expone innumerables pruebas de la antropofagia en nuestro país. Incluso un estudio publicado en Nature, habla de que la influencia de los aztecas sobre los pueblos del norte llevó a los anazasi a practicar el canibalismo. Lo interesante este estudio es que la antropofagia está probada científicamente pues se hizo a partir del análisis de coprolitos (excremento hecho piedra, para los ignorantes de las etimologías grecolatinas) y los resultados señalan que los anazasi comían carne humana en cantidades considerables. La cuestión es que no nos la queríamos creer.

Este horror ante la antropofagia siempre me ha sorprendido; pero no porque me parezca que un muslito de niño es apetecible, sino porque el horror ante el canibalismo se basa en la deshumanización. Intentaré explicar tan confusa argumentación. Para poderte comer a alguien debes pensar que no es humano, sino simplemente una rica fuente de proteína. Es decir resulta necesario aislar el cuerpo de todo aquello que nos hace humanos –que las más recientes teorías llamarían la mente y mi maestra de catecismo, el alma inmortal. Si uno lo logra, puede empezar a ver a los transeúntes como ricas viandas ambulantes, justo como sucede en las caricaturas cuando los pollos que corretean se vuelven jugosos frutos de rosticero. La cuestión es que el verdadero horror del canibalismo es la deshumanización del otro.

Lo interesante es que esa deshumanización no nos resulta tan aberrante cuando no va acompañada de la ingesta. Si el señor Bush decide apresar talibanes, arrojar sus derechos humanos al Golfo Pérsico y tratarlos como animales ponzoñosos o mejor aún matarlos en sus propias casas, escuelas y hospitales la opinión mundial se lamenta y agita la cabeza con desesperanza. Ahora bien, si al mismo señor se le ocurriera celebrar una cena-baile en la que se sirvieran higaditos de talibán en salsa de morillas, entonces sí la humanidad pondría el grito en el cielo. Quizá los franceses decidirían invadir Florida y los ingleses comenzarían a pensarse aquello de las alianzas. La misma idea se puede aplicar a lo largo de la historia a los curdos, los judíos, los católicos, los negros y a todos aquellos grupos humanos que han sido tratados como no-humanos (es decir casi a cualquiera que haya pisado el planeta Tierra).

Parece que el principio que prevalece es que se vale ver a cualquiera como un saco de huesos y músculos y tratarlo como tal, pero no se le ocurra a uno zamparse unas costillitas de semejante origen porque la reprobación mundial lo aplastará a uno con todo su peso. La pregunta sería si es válido mirar con los ojos hinchados de asco al caníbal tribal que se come un enemigo en un rito milenario y dedicar una mirada de madre regañona a quien deshumaniza, de cabo a rabo, al mismo enemigo. ¿Acaso no se practica, todos los días, una antropofagia mucho más perversa? Una antropofagia que se come los sueños, los deseos, los recuerdos y la identidad del otro.

lunes, enero 24, 2005

La del Valle

Nunca he vivido en la colonia del Valle, aunque confieso que trabajé ahí durante más de seis años. Desde entonces me quedó una curiosidad morbosa por todo lo que acontece dentro de sus límites. Podría parecer que semejante interés es sólo fruto del ocio, sin embargo la famosa colonia tiene algunas características que la hacen un verdadero objeto de estudio. Por ejemplo, un estudio mundial reportó que esta zona ofrece una calidad de vida semejante a la de Estocolmo o Copenhague y el INEGI señala que el promedio de años de estudio de sus habitantes es el más alto del país. Lo curioso del asunto es que esto no es fruto de algún ambicioso proyecto urbanístico al estilo de Curitiba sino una mera consecuencia de las hordas yuppies que se ha instalado en sus calles. Resulta que la colonia del Valle se fundó en 1908, bajo el ala protectora del porfiriato. Desde entonces era yuppie, pues el ayuntamiento sólo extendió permisos para edificar villas campestres. Conforme avanzó el siglo, la gente bonita empacó sus arañas y vajillas y se mudó a los cerros. La colonia se volvió entonces asiento de la clase media: desde los papás de las niñas del Colegio Miguel Ángel hasta los burócratas que consiguieron un departamentito en un multifamiliar. En la década de los noventa, la colonia volvió a cambiar de perfil. La población envejeció y, como era de esperarse, murió. Las grandes casas de las calles arboladas se fueron quedando vacías. Tuve un grupo de alumnos que solía reunirse en una casa abandonada; habían encontrado la manera de entrar sin que nadie los viera. Contaban que adentro el tiempo parecía suspendido. Había platos sucios en el fregadero, la cama estaba deshecha, una bata de franela parecía un espectro junto a la regadera y sobre el buró, una dentadura flotaba en agua limosa. Hacía meses que el dueño había muerto. Un tarde ya no pudieron entrar; los albañiles vaciaban la casa, mientras la maquinaria pesada esperaba la señal para la demolición. La historia se repite en cada cuadra. La colonia se llena de edificios de departamentos que imitan, generalmente sin mucho éxito, al Berlín de después del muro. Justo ahí es en donde entran a la historia de la colonia los nuevos delvallenses y son ellos, justamente, los que me apasionan.Los nuevos delvallenses son profesionistas, estudiaron merca, negocios o leyes en alguna universidad privada. Tienen un buen sueldo que les permite pagar todos los créditos que piden. Son tan especiales que no compran un departamento sino un loft (que resulta ser un eufemismo para hablar de 60 metros de construcción), eso sí con roof garden (el moderno y gris destino de la legendaria azotea). Las mujeres trabajan hasta que tienen a su primer bebé; entonces armadas de una camioneta dedican toda la mañana a estacionarse en doble fila frente a los bancos, las tintorerías y los salones de belleza (aunque debería decir estética o, mejor aun, hair and beauty). Mientras tanto, los hombres siguen sus vertiginosas carreras en sus despachos de Polanco y Santa Fe; cada aumento de sueldo les abre la preciada posibilidad de endeudarse más. Son parejas felices. Cada mañana, desayunan cereal con leche light y, de vez en cuando, se permiten una dona de Krispy Kream. Por las tardes, compran capuccinos en el drive-in de Starbucks. Los fines de semana comen sushi o bifes y ejercen sus créditos en los malls. Les gusta ejercitarse porque saben los importante que es la imagen personal para triunfar en la vida y, desde luego, lo hacen a su estilo; no corren ni caminan ni andan en bici, sino que hacen jogging, trekking o spinning. Son verdaderamente cultos pues van al cine por lo menos una vez a la semana y ya leyeron El código Da Vinci (y conste que sí le entendieron). Son muy sociables, cada fin tienen miles de compromisos: bautizos, primeras comuniones, bodas, cenas en restaurantes y las reuniones de amigos que se congregan alrededor de una botella de tequila. Se visten muy bien (ni parece que lucharon a brazo partido en las rebajas de Zara) y huelen siempre a perfume (un día me confiaron que el secreto es perfumar la ropa antes de ponértela). Sin embargo, los nuevos delvallenses también tienen su lado oscuro; aunque, al parecer, hasta ahora sólo lo saben los dueños de los muchos moteles que misteriosamente florecen en los linderos del paraíso.